Flecha Dorada: el cariño por un Fiat 600

Columna del profesor Francisco Mouat en El Sábado

No recuerdo bien dónde y cuándo me subí por primera vez al auto de mi amigo Patricio, un pequeño Fiat de los 80. Fue hace como siete años, tal vez un poco más. Lo que nunca olvidé fue el impresionante y repugnante olor a bencina que acompañó aquel viaje y todos los que vendrían después.

A poco andar, uno acababa resignándose y acostumbrándose, por no decir intoxicándose o, al menos, adormeciéndose. Por una razón que no logro comprender, uno se encariñaba con el bicho, hasta donde se puede querer a un auto. Yendo de copiloto, a mí jamás me dejó botado. Que le costó arrancar más de una vez en días fríos, por supuesto. Que se calentaba más de la cuenta en días de verano, sí. Que los días de lluvia eran un albur, cómo no. Que uno frenaba con el chofer para hacer fuerza y detenernos a tiempo en las esquinas y los semáforos, también. Más de una vez mi amigo lo llamó Flecha de plata, a pesar de que su color es gris ratón, uno de los colores de auto más feos que sea posible imaginar.

En nuestro último encuentro, Patricio comentó que sus doce años junto a Flecha de plata se terminan, que no va más con el auto, que las últimas lluvias lo han hecho temer por su vida, que la relación se ha desgastado y llegó la hora de la despedida. Me lo dijo como si fuera a patear a una polola a la que quiere mucho, pero con la cual ya no puede convivir. Le pregunté si estaba seguro, y si pensaba venderlo. “¿En cuánto puedo vender este tarro? Más bien habría que pagar para que alguien se haga cargo de él” me contestó, dejando en claro que no había definido aún el modo de deshacerse del Fiat.

Pensé de inmediato que había que despedir a Flecha de plata, y que mucho más digno que venderlo en dos chauchas y permitir que lo desarmen por piezas para negociarlas como chatarra sería abandonarlo en alguna esquina de la ciudad o fuera de ella, con las llaves puestas y al menos el permiso de circulación y la revisión técnica al día, a la espera de que algún ciudadano curioso o amigo de lo ajeno lo haga suyo.

A Patricio le gustó la idea. Se la comenté al día siguiente a otro amigo, y se entusiasmó. Dijo que él quería estar en esa despedida, aun cuando le pareció que el asunto podría tener implicancias legales complicadas: que había que pensar muy bien dónde abandonarlo para que nunca volviera a las manos de Patricio, que había que resolver el tema de la propiedad por si después le pasaban partes o lo usaban para cometer un atraco o se veía envuelto en un choque con consecuencias fatales.

Patricio es abogado y sabrá cómo resolver estos asuntos. Quedamos en volver a hablar del tema, y en que me mantendría informado. Sé que está pensando también en regalárselo a un amigo que se lleve bien con la mecánica y no se haga mayores problemas con la mantención. Pero no es lo mismo que abandonarlo a su suerte y dejar que su vida se dispare por caminos insospechados. La revisión técnica, por ejemplo, no será problema. Siempre hay un modo de salvar el trámite.

Una amiga me reenvió el otro día un correo que le mandó su hermano desde el sur contándole cómo había sido la experiencia de ir a sacar la revisión técnica en un auto como el de Patricio: “El otro día fui a la revisión técnica del auto blanco, para poder sacar el permiso de circulación. El auto está un poco viejo, y yo esperaba que me fuera mal. Llegué bien temprano. Como a las siete y media de la mañana ya estaba en la cola.

Cuando dieron las ocho y media, me indicaron que avanzara, para hacer la revisión del auto. Pero no hubo caso. El auto no partió. Pasó un mecánico y me ayudó a hacerlo partir. De ahí me bajé del auto y fui a hacer el papeleo, mientras lo revisaban. Me senté frente a un ventanal simulando leer el diario, mientras veía de reojo la humareda que despedía el tubo de escape de mi auto. No hay ninguna posibilidad de sacar la revisión técnica, pensé. Grande fue mi sorpresa cuando me llamaron y me dijeron que el auto estaba aprobado hasta el 2013. Pero un señor intentó abrir la puerta del auto para pegar un adhesivo de revisión técnica aprobada en el vidrio interior y no pudo. Vino un segundo intento y tampoco. Me adelanté y abrí la puerta con una maña que conozco. Puso el adhesivo y me pasó las llaves. Le di las gracias. Me senté en el auto con ganas de dar un grito de felicidad. Y de nuevo el auto no partió. Volvió el mismo mecánico del principio y lo hizo partir. Recién entonces pude irme. Con la revisión técnica aprobada”.

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